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CRÓNICAS HUMANAS
Gustavo Puz Acosta
Director de Radio Matilde 105.5 FM
Este Mundial de Fútbol fue presentado como una gran fiesta del deporte más popular del planeta. "El fútbol, pasión de multitudes", escribió alguna vez mi vecino don Hugo Sainz, viejo relator deportivo que incluso publicó un libro con ese nombre. Sin embargo, esta fiesta cayó en manos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, dos dirigentes que, según muchos críticos, representan una misma visión conservadora y de derecha.
Trump busca mantenerse como una figura política dominante y cree que un evento como el Mundial puede servir a sus intereses. Por su parte, Infantino aumenta el poder de la FIFA y multiplica los ingresos económicos del organismo. Ambos terminan beneficiándose mutuamente.
Lo que algunos medios ya han denominado "el Mundial de la vergüenza" quedó reflejado en artículos aparecidos en la prensa inglesa, donde se sostiene que este evento deportivo está rodeado de situaciones cuestionables que deberían hacer reflexionar a los aficionados.
Muchos turistas decidieron no viajar por temor a los estrictos controles migratorios, a ser tratados como sospechosos o incluso a ser deportados por situaciones que desconocen.
Más de 180 mil entradas quedaron sin vender y los elevados precios terminaron convirtiendo el espectáculo en un privilegio reservado para una élite.
Es también el Mundial de las grandes marcas y de la televisión, donde los intereses comerciales parecen tener más importancia que el propio deporte.
Resulta llamativo que una selección como Irán deba jugar en un territorio y luego trasladarse a México para descansar. También se han denunciado intervenciones y restricciones sobre símbolos y logos de algunas selecciones, especialmente provenientes del llamado Tercer Mundo, como Haití o Costa de Marfil.
Los espectáculos musicales en los entretiempos, copiados de otros eventos deportivos, terminan transformando el fútbol en un producto de la farándula y alejándolo de su esencia.
A ello se suman las permanentes polémicas arbitrales y el uso de la tecnología, que para algunos aficionados recuerda las controversias del Mundial anterior y alimenta las sospechas sobre posibles favoritismos hacia determinados equipos o países alineados con las políticas de las grandes potencias.
Para quienes sostienen esta visión, el fútbol y la política aparecen hoy más unidos que nunca. Y consideran que este Mundial termina siendo funcional a los intereses del poder económico y político dominante.
Mientras millones de personas se sientan frente al televisor para disfrutar de los partidos, también deberían preguntarse qué intereses se mueven fuera de la cancha.
Porque, al final, fútbol y política parecen caminar cada vez más juntos.
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